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El camino de un cucuteño que sueña con ser médico neogranadino

Jilver Gómez Sepúlveda cruzó la puerta del aula, ubicada en uno de los edificios de la sede Bogotá de la Universidad Militar Nueva Granada, en la calle 100. Era el 19 de enero de 2026, y alrededor de él había un grupo de jóvenes con el uniforme de medicina recién comprado: pantalón y camisa azul rey con el logo institucional. Todos permanecían sentados, ordenadamente, a la espera del profesor.

El corazón de Jilver palpitaba con fuerza, según contó. Sin conocidos en ese salón de clases, caminó hacia la primera silla desocupada que encontró, se sentó, sacó su libreta de apuntes junto con un lapicero y los puso sobre un pupitre impecablemente pintado y sin rasguños.

Aquel instante marcó el inicio real de su sueño universitario en Bogotá: comenzaba el Curso Premédico de la UMNG, un viaje que transformaba el panorama del niño nacido el 6 de enero de 2009 en Cúcuta, Norte de Santander, una ciudad de acento marcado, cultura fuerte, clima cálido y paisajes naturales.

El drástico cambio de temperatura y el encuentro con otras costumbres le mostraron, desde el primer día, que debía tomar la vida de una manera diferente, asumiendo la completa responsabilidad de liderar su propio destino.

Para su madre, Laura Yosine Sepúlveda, la distancia multiplicó la angustia al observar que Jilver estudiaba hasta las tres o cuatro de la mañana. «Los fines de semana no existían; los sábados y domingos transcurrían en un encierro absoluto en la residencia donde vivía, y sus cercanos me confirmaban por teléfono que él no salía de la habitación», recuerda Laura.

Durante su infancia, Jilver orientó sus anhelos hacia las estrellas: soñaba con ser astronauta, volar por el espacio exterior y realizar grandes aportes a la humanidad al contemplar el planeta desde afuera.

Sin embargo, el paso del tiempo y la dura realidad de su entorno transformaron esa fantasía en un deseo permanente de estudiar una carrera que le permitiera ayudar a las personas de bajos recursos.

Jilver creció en el barrio San Rafael de Cúcuta, observando de cerca cómo los niños y los adultos mayores padecían el rigor de vivir sin servicios médicos, sin acceso al estudio y sin una alimentación adecuada.

En medio de esas carencias colectivas, el joven encontró su verdadera vocación al cumplir los trece años; en esa época, Laura, que trabajaba en el hospital local de Cúcuta, lo introdujo de lleno en su medio laboral.

Asistía a charlas médicas y entraba a las salas de cirugía a tomar apuntes para los trabajos escolares. Fue allí, entre el instrumental quirúrgico y el servicio diario, donde se inclinó definitivamente por la medicina, consciente de que esta profesión exige un esfuerzo mayor.

La travesía de Jilver ha contado con la guía de Laura, que, con el apoyo de su familia para financiar sus estudios iniciales y con un empleo estable, construyó la posibilidad de educar a sus hijos: Nixon, Jilver y el pequeño Jerónimo, de tres años, junto con el respaldo de su esposo, Juan Manuel.

Jilver reconoce con gratitud que su madre lo llevó de la mano, junto con Nixon, para evitar que cayera en el consumo de drogas, en las calles o en el reclutamiento forzado de las guerrillas, destinos que cobraron las vidas de varios jóvenes que crecieron con él en San Rafael.

El ingreso al Curso Premédico de la UMNG funcionó como la prueba de fuego para ratificar su vocación. Lejos de quejarse, Jilver llamaba a Laura entusiasmado por los aprendizajes, especialmente por las dinámicas del profesor Ricardo Pineda, que enseña Química mediante experimentos prácticos.

Según Laura, la medicina se presentaba como una meta económicamente inalcanzable, por lo que, en un intento por proteger a Jilver de la frustración, quiso llevarlo hacia otros rumbos, pues siempre había imaginado para su hijo un futuro en la ingeniería.

Pero la determinación del joven era inquebrantable; enfocado en su empeño y sordo a las dudas ajenas, convenció a su familia de confiar en él y emprendió un viaje que transformaría la vida de todos.

El mayor temor de Laura era la fragilidad de la salud mental de Jilver ante la presión académica. Sabía que detrás de esa fuerza se escondía un niño sensible. El miedo de ella era que ese corazón enorme y bondadoso terminara rompiéndose en la soledad.

Desesperada por el desgaste emocional del joven, Laura llegó a pedirle que lo dejara todo y regresara a casa, e incluso buscó el auxilio de una psicóloga para que lo evaluara. Para su sorpresa, el dictamen profesional y la voz del propio Jilver revelaron una realidad distinta: no había afectación psicológica, sino entrega a su propósito.

Todo eso dio sus frutos el 15 de mayo de 2026, en la clausura del Curso Premédico, en el aula máxima de la UMNG, cuando el joven cucuteño recibió de manos de Sandra Milena Medina, directora del programa, la carta de bienvenida a la Facultad de Medicina y Ciencias de la Salud de la institución.

Según Laura, las lágrimas en los ojos, ese día y ahora, son de recordar el resultado final y lo que aún retumba en su memoria: aquellos momentos en los que todos sus familiares, incluido su esposo, le repetían a Jilver que se clasificaría entre los primeros cinco puestos del curso.

El esfuerzo del joven terminó por materializar la predicción: al escuchar la lectura que el decano de la Facultad, el coronel (RA) Juan Carlos Luque Suárez, hizo de la lista oficial en la que se mencionaba a cada uno de los dieciséis mejores promedios del Curso Premédico UMNG 2026-I, Laura contó en la pantalla exactamente hasta cinco. El quinto lugar era para Jilver.

Que Jilver haya logrado un cupo directo para iniciar sus estudios en la Facultad de Medicina de la UMNG es una victoria familiar y académica que recompensa el sacrificio de un joven y de una familia que aprendieron a superar todo con tal de cumplir las metas.

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